Un fracaso triunfal

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustraciones: Lucas Galván

Corrección ortotipográfica: Pablo S. Sánchez

Una invitación sucia

-Te ha incomodado que dijera que no la follas bien, ¿verdad?

¿Acaso había dudas? Miraba el chicle pegado sobre el urinario salpicado por los anárquicos  trazos de aerosol negro de una  “A”. Aun con todo, conservaba algo de verde fábrica. Una geisha inacabada también vivía en el azulejo. Se sacudió las últimas gotas y se subió la cremallera.

-No ha dicho eso -qué vergüenza: su ego arañado revelándose como un niño.
-Lo que tú digas -Couteau puso toda su picardía en los labios-. No te ralles, a Luna le encanta dar charlas sobre cómo hay que masturbarse.

Ya daba igual. Se concentró en Couteau. Su nueva manía era meterse en el baño de hombres a ponerse rayas cuando él iba a mear, ya que sus amigas, salmodiaba, eran unas buitres. Él tampoco pedía explicaciones. Couteau se quitó las botas, dejando unas delicadas medias color vino regocijándose al aire.

-¿Quieres una?
-No. Pasando.
-No te hagas de rogar, que llevamos por lo menos tres semanas sin vernos. Te parecerá bonito.

Lo apuntó con las pestañas y él se sentó a su lado, aguantando el paraguas rojo de Couteau en las manos.

-¿Te gusta?
-Sí, ya te lo había visto -en un recuerdo vago aparecía el paraguas.
-No. No me lo habías visto -Couteau bajó en picado, esnifó y volvió a subir. Un ave de presa-. Lo tengo desde hace solo una semana.
-Tendrás razón -concedió, poniendo fin a la conversación. Pero lo había visto. Couteau no tenía memoria para esos detalles. Siempre olvidaba todo- ¿Qué haces?

Las medias desaparecieron. Couteau dejó el speed sobre sus rodillas y abrió el paraguas. Él inició el aterrizaje hacia la pista blanca. La recorrió a lo largo de sus dos puntas afiladas con el corazón disparando salvas. La luz atravesaba el paraguas refractándose en los muslos desnudos de Couteau: luces largas de carretera para los ojos de un gato. Se resignó a admitir el peligro. Un empujón sutilmente firme de la mano de su amiga; el movimiento estratega de sus piernas, se lo confirmaron. Ahora, la distancia entre su cara y las bragas desbordadamente pequeñas iba a exigir una buena excusa para justificar tanto tiempo “echando una meada”. Una mezcla de niebla y vapor lo abofeteó.

¿Qué quieres de mi?

¿Qué quieres de mi?

-¡Gol! -en el salón se libraba otra guerra. Lo atestiguó un coro de voces- ¡Goooooool!

-Ha marcado tu Athletic… -se le escapó a Couteau en un suspiro. Con los dedos enraizados entre el pelo de Trebina, gemía.

Hacía tres semanas que no la veía, tiempo que había pasado sin sobresaltos con Luna. Qué calor daba el paraguas. Couteau diría lo que quisiera, pero él ya lo había visto antes. En casa, la última vez que fue a visitarlo. Los jadeos de su amiga lo trajeron de vuelta. Dejó libertad a sus manos para que se aprovechasen de la situación. “Se muere… de hambre…“, se deleitó ella. “El mundo alrededor”, completó él mentalmente, mordiendo.

El calor le agobiaba las articulaciones narcotizando los brazos a la altura de los hombros. Couteau era la directora y la boca de Trebina la orquesta. “Con su gris… boca… mojada“. La sangre le picoteaba los tímpanos. Couteau gritó: “¡Triste Ramón de Sismundi!“. Trebina se asaba a fuego rápido. ¿Quién coño sería Ramón de Sismundi? Los gemidos evolucionaban a alaridos cortantes. Trebina se sofocaba, pero no dejaba de paladear el sabor más profundo de su amiga. Le ardían orejas y mejillas.  Se le agarrotaban manos y piernas. ¿Qué mierda de speed le había dado Couteau? Los ojos echaban el cierre. Un momento, ¿se estaba desmayando?

No podía moverse. Alguien pedía permiso para entrar desde el otro lado de la puerta.

-Trebina, ¿estás ahí? -era Luna- Estás cabreado por lo que dije en la charla, ¿eh capullo?

No podía contestarle. Su parálisis también le afectaba a la voz, ¿qué coño le pasaba?

-Entra, amor -¿qué hacía Couteau? ¿Estaba loca?- Estoy yo sola.

Luna entró, con toda su guapura y pasó por encima de Trebina sin verlo, confundiéndolo aun más.

-¿Estás buscando al guapo de tu novio? -Couteau estaba picándose otra raya.
-Llevo una hora buscándolo por toda la casa. Y tú, ¿qué haces aquí y en bragas? -Se rio buscando a alguien más. Clavó sus ojos en Trebina. Él intentó tragar saliva- Ah, ya veo…

Luna, con una carcajada a medio terminar se agachó, agarrando a Trebina por el cuello. Lo levantó, ligero. Él se notaba pequeño, incorpóreo. No sentía las extremidades y veía a su novia aterradoramente grande.

-¿Te estabas divirtiendo sin mí? -Luna acarició el dildo- ¿Es nuevo?

Couteau y Trebina se miraron. “Sí, es nuevo”, se burló. Estoy inconsciente. Habrá sido un golpe de calor. Voy a dejarme llevar y a despertarme. Seguro que todos estarán abarrotando el baño y yo tirado en el suelo como un muerto. Luna estará arrodillada intentando despertarme a cachetes y un desconocido estará echándome cubos de agua sin parar.

Cerró los ojos con fuerza. Los abrió. Seguía sin poder moverse. Oía a Couteau y a Luna pero no podía verlas. Afinó el oído. Había una fiesta de respiraciones entrecortadas tras él. Volvieron a zarandearlo. “Qué quieren decir la fuente… el cantarillo… y el agua“. Couteau de nuevo recorría a toda velocidad la autopista hacia el orgasmo, recitando. Su mano afianzaba a Trebina. Frente a él, y con la altura de un segundo piso, los labios peludos del coño de Luna se erigían como amenazadores portones a un mundo de aventureros. Podía oler el calor del umbral oscuro. Por primera vez iba a entrar completamente dentro de su novia sin que ella lo supiera.

Justo cuando hizo ceder la carne y todo se volvía negro, cayó en la cuenta: el paraguas rojo era de Luna.

A Luna aquella penetración la sorprendió como para abrirle mucho los ojos durante unos segundos. El nuevo vibrador de Couteau era perfecto. Se abalanzó sobre su amiga. El fluorescente del techo del baño parpadeaba y el chicle verde recordó con nostalgia cuando a él su vieja amiga Couteau también lo acompañaba a mear.

__________________________

Los versos que aparecen en tres ocasiones pertenecen a los poetas:

Roberto Iniesta, “Segundo movimiento: lo de fuera”, en el álbum La Ley innata de Extremoduro.

Federico García Lorca, traducción del verso “coa súa gris boca mollada”, del poema “Cantiga do neno da tenda”, uno de los Seis Poemas Galegos.

Antonio Machado, Proverbios y Cantares “XX”.

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