Manifestantes de toda la vida

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Ana Pérez Martín

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A nosotras, a nosotros, nos lo han dado hecho.

Brilla el sol como si quisiera poner las cosas fáciles, pero hubieran gritado tanto o más si sus cánticos estuvieran ahogándose bajo un chaparrón invernal.

Quizá brillar sea su contribución.

Ellas, ellos, se lo ganaron en las calles, cuando no en las trincheras.

La manifestación a favor del aborto no es joven.

A la manifestación a favor del aborto se la respira sabia. Apacible. Incombustible. Luchadora.

La señora que golpea con fuerza el tambor mientras baila animando a las manifestantes hace tiempo que ya no está en edad de tener hijos, ni de abortarlos. Tampoco su compañera.

Ni el grupo de mujeres y hombres que se aferran a una tela morada que viene viajando desde Galicia.

Ni las que gritan ante la valla del Congreso “por esto ya luchamos en los 70”.

Se levantan orgullosas las banderas asturianas esperando la llegada del Tren de la Libertad. Por fin atraviesan su último túnel, uno de paredes que aplauden. Sus pasos no parecen poder contar ya las veces que han clamado por sus derechos. Pero sonríen, con el orgullo de saberse parte de la voz de un pueblo.

Cantan en catalán. En bable. Sus pancartas están en euskera. Más allá firman Badajoz, Granada, San Fernando, el barrio del Lluceru.

Hoy no se han levantado del sofá y han bajado a la calle. Hoy han salido de sus pueblos, sus ciudades y sus Comunidades Autónomas para venir aquí.

A luchar para nosotras.

No es difícil encontrarlos, a ellos.

Parte del mismo todo.

Que sujetan con naturalidad pancartas con la temida palabra.

Feminismo.

Y gritan con ellas.

Padres. Maridos. Abuelos. Hermanos. HIJOS.

Caminan con aplomo, los mandiles morados, los megáfonos, las pancartas, las consignas que nunca han dejado de sonar “nosotras parimos…”.

Ellos y ellas se  saben importantes.

Nosotras, nosotros, esta generación cuyos úteros están incautando, cuya decisión de ser o no padres están robando, escaseamos.

Quienes hoy estamos las miramos,  los miramos, desde abajo pese a nuestra superior altura.

En las canas se refleja hoy, con fuerza, el sol de Madrid.

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