Pascual I, Rey de los Sobrevivientes

Texto: Ayoze Álvarez

Ilustración: Lucas Galván

Corrección ortotipográfica: Pablo S. Sánchez

Fíjate bien: hace sesenta y tres años que los domingos no cambian. Al silencio enfermo solo le plantan cara los ronquidos. El remedio, por tanto, es incluso peor. Si buscas en la niebla profunda y que gotea que tienes por recuerdos, apuesta lo que sea a que tu vida sigue con reuma. Y eso es todo. Ya no hay más.

A las cinco menos siete minutos de la tarde el Cojo tuvo la revelación.

-Pascual… Oye, Pascual. ¡Pascual! ¡Despiértate!

La voz avinagrada, seca, vieja y hostil. Como evaporándose desde el fondo de un barril de madera podrida, infectó el aire: “¿Qué te duele ahora?”.

-Hoy los niños no me tirarán piedras.

Primero silencio, luego la espalda. Carraspeando el desprecio: “Anda y que te den por culo”. Además, escupió: page1image9808“Vete donde las cabras, que te gustan a ti…”.

El susto andante, la burla con pies. El Cojo, el Violacabras. Isidoro Hernández, Rey de los Abusados, salió al patio queriendo respirar. Vio al perro famélico meándose en sus lirios. Le hundió una patada en las costillas. “Sarnoso”, rabió. Los pájaros se espantaron. Los lirios, el amarillo de una casa y una vida debajo de las telarañas, con las paredes sin encalar; el único elemento de color entre los tristes clavos que hacían de perchero, la bombilla robada de la iglesia y los sacos viejos de azufre con los que acomodar el sueño. Todo roído por los ratones y salpicado con miles de pequeñas motitas de mierda de mosca. En los lirios había ido a mearse el puto perro.

El perro se espantó. Quiso verlo con la piedad que acompaña al que huye, metida entre las piernas. Los ojos le tropezaron en las casas. Casas para las barbacoas de fin de semana de médicos y abogados de la ciudad. Para ellos y sus mocosos. Está mal odiar a los niños, pensó. Por eso él nunca decía que los odiaba con todo su ser. A él, los niños, le arrojaban piedras y palos por diversión. Le escupían. Se quejaba a los padres y estos le respondían con unas monedas pidiéndole que se fuera. Él se quedaba callado, atónito, esperando el insulto. Maricón o apestoso, esto o lo otro. “No se acerque a nuestros hijos”.

Podía abrir la puerta. Y salir.

Podía abrir la puerta. Y salir.

Los pellejos adheridos a las costillas de Pascual también salieron al patio. Un cartón de vino en la mano, para la necesidad de su sed terca. de hombre mula al que se le impone la jubilación. Acabó el cartón, lo tiró a los lirios de Isidoro. Pascual vivía en casa de este sin su permiso. Tenía encías negras de perro. Gritó su vozarrón junto al portón del camino: “¡Niños, venid a jugar con el Cojo!”.

-Hijoputa…

-¿Qué has dicho, maricón de mierda? -En tres zancadas llegó hasta Isidoro, desabrochándose el cinturón.

Después del miedo al Cojo le vinieron los sollozos. Pascual lo lanzó contra el suelo, se bajó el mono de trabajo, y lo violó durante toda la tarde. Las cabras rumiaban curiosas mirándole los ojos a Isidoro. No hacía falta ni que Pascual lo amordazara, su voz no quería saber del tema.

Cuando Pascual se subió los pantalones, el Cojo se había muerto deshidratado de llorar. Lo cargó hasta la casa. Anudó su petate y con la media botella de gasolina del tractor del Cojo, le dio fuego a los sacos viejos y cerró la puerta sin prisa. Su deber era confirmar la cantinela eterna de los vecinos: con tanta basura apilada, cualquier día se le prende fuego la casa a ese desgraciado.

A Pascual se le buscó un pajar o una cuadra donde meterlo a cambio de ayudar en esto y en aquello. Lo de siempre, nada nuevo. Era lo menos que podían hacer por él. La cena, mientras contaba cómo había olido el humo y había ido a ver qué estaba quemando el Cojo, la asumió la tabernera como costes inherentes al trabajo. También abrió una botella de tinto para los parroquianos sin que estos la pidieran. Un día es un día. Y más cuando se puede hablar del muerto.

Alguien propuso: “¿Por qué no arreglamos entre todos la casa del Cojo para Pascual?”. Levantaron sus vasos: “¡Por Pascual, Rey de los Supervivientes!”.

A la semana, Pascual se echó la soga al cuello.

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