‘Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo’

He aquí un comienzo. Un comienzo nunca te lleva al final que esperas.

Quizá seas tú una persona como yo a la que no le gusta conocer los finales de antemano. ¿Por qué conocer un final si cabe esa posibilidad, esa de no llegar a él? Quizá, prefieras bailar entre una introducción intensa y provocadora que te arranca las ganas y un desarrollo que te convence a medias.

Travieso/a tú, que llegado ese momento suspiras, miras en derredor y te sorprendes haciendo algo impropio de alguien cuerdo.

Miras la última página de tu historia.

Si tienes la posibilidad de comprobar que tu elección no fue una equivocación, fantástico. Pero, ¿y si sucede que te equivocaste y estabas ante una obra perfecta?

No hagas eso. Nunca. Jamás. Nunca mires la última página.

¿Y si por el camino inventas otros finales que te hacen llegar al final que tú quieres y no al que está escrito?

No te voy a contar esta historia, pero sí te voy a contar qué hay en ella.

Hay un psicólogo de la mente humana, un observador sereno, un cambiapieles que tan pronto es ella como él, niño y mujer, campesino y gordo burgués a la vez.

Era evidente que ese hombre estaba exponiendo ideas propias, algo muy poco frecuente, y que esas reflexiones no se las había dictado la necesidad de llenar de algún modo sus momentos de ocio, sino las condiciones de su vida en la soledad de la aldea.

Azadas que te salpican a su roce con la hierba de los campos, tedio pegado a las paredes, furia caliente, miedos líquidos. Injusticia contra los que poco tienen.

La mujer está privada de derechos porque carece de educación, y su falta de educación proviene de que está privada de derechos. No debemos olvidar que el sometimiento de la mujer es tan antiguo como abrumador. Por eso, a menudo, perdemos de vista el abismo que nos separa de ellas.

No faltan los replanteamientos que perfectamente podrían llenar los huecos que ahora en este plateado siglo XXI nos hacen tropezar.

Eso es lo que tenemos que hacer nosotros: educar al pueblo.

-¿Y cómo hacerlo?

-Se necesitan tres cosas: escuelas, escuelas y escuelas.

(…)

-¿Y en qué pueden ayudar las escuelas?

-Crearán nuevas necesidades.

Personajes con volumen que quieren sobresalirse del papel; hay errores, hay encuentros.

…le obligarían a dar pasos equivocados, pero que el mundo considera necesarios…

Mujeres y hombres en el momento adecuado, en el sitio adecuado.

La hipocresía puede engañar al hombre más inteligente y perspicaz, pero hasta el niño más torpe la reconoce, por más empeño que se ponga en ocultarla, y se aparta con repugnancia.

 

Pies precipitados, prisas, vapores y humo.

 

Escena a negro.

 

Yo viví mi final, probablemente tú vivas el tuyo de una manera muy distinta a la mía. Pero al final ambos habremos pasado por el alma de Lev N.Tolstói con Anna Karénina.

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