Diferencias clásicas entre tragedia y epopeya

Texto: Ayoze Álvarez

Seguisteis matándonos incluso después de haber empezado a hablar de Humanidad. He de admitir que en ese periodo preciso llegué a pensar que pararíais. Que todo había acabado. Me equivoqué, yo y tantas otras. Ese voto de confianza, plenamente injustificado, fue un grave y fatal error. Debes saber que aquella fue vuestra última oportunidad. Ha sido incalculable el sufrimiento histórico que hemos padecido las mujeres desempeñando la tarea natural con la que nacimos, la de domesticaros. Sí, soy consciente que vosotros convertisteis al lobo en perro, o al tigre en gato, o al caballo en transporte y herramienta de labranza. Verdaderos hitos en la historia natural. Reconozco el sacrificio y el coste humano que os supuso. Lo reconozco porque sé de la dureza del domesticar a las bestias, sois vosotros la peor de todas. Considero, y en ello me reafirmaré siempre, que la filantropía de todas aquellas que sucumbieron bajo vuestros zarpazos, no ha conocido hasta la actualidad estadio con la que pueda comparársela. Esas filántropas sublimes, heroínas, y aquí hago un inciso: ¡qué zafios fuisteis al intentar transmutar nuestro verdadero nombre y adjetivo al de esa basura destructiva con la que a tantos borrasteis del mapa! ¡Qué canallas!… Retomando lo que te decía, esas sublimaciones humanas que matasteis, en el futuro tendrán estatuas y avenidas, bautizarán universidades y ciudades enteras. Para la ciudadanía del mundo, ya no hacéis falta. Necesitamos orden y gestión del caos. La edad del aventurero y cazador viril ha finalizado ante un mundo finito y descubierto en su totalidad. Sabed que mientras quemabais el tiempo buscando horizontes nuevos de los que escapar de nosotras, aprendimos el valor de la praxis, del método y de la administración. Sobre todo de la discreción. Así, entramos en la ciencia por la puerta de atrás, pero descubrimos como poder sustituiros en el futuro por simples y funcionales probetas que guarden la esencia de los verdaderos sementales, a las que recurriremos cuando la procreación sea necesaria. Y eso si quisiésemos. No es de extrañar, lo entiendo aunque me sonroje de rabia, que en aquellos lugares donde conceptos de Libertad, Derecho o Justicia aun no se han entendido, la antidomesticación sea cruel en exceso. ¡Mutilación del clítoris de las hembras jóvenes para la privación del placer! ¡Barbarie! No sería extraño, mentando de nuevo a la justicia, en este caso la Universal, que en un plazo de futuro medio, en países desarrollados como este, se os castre a vosotros para que la domesticación también sea efectiva. ¡Mira si no a los potros! No, no me mires así. Para tu consuelo existe todavía un pequeño margen de tiempo para que acatéis que habéis sido domesticados y os suméis al avance de una nueva sociedad plenamente humana. No habrá represalias contra los que abandonéis vuestro salvajismo y demostréis hermandad de raza única llena de matices en la que se abandonará la dicotomía hombre-mujer. Despojarnos del rencor nos ha hecho fuertes, más fuertes que vosotros. Contra los hombres-bestias que se nieguen a la domesticación alegando infructuosamente ese concepto de justicia del que siempre se aprovecharon en nuestro perjuicio, se les impondrá el peor castigo: la indiferencia. No habrá más “amor”, y entiendo esto como sexo consentido. Ni siquiera habrá amistad o diálogo. Tendrán que conformarse con la nostalgia de vernos tan inalcanzables como para los poetas las estrellas. Mientras, follaremos entre nosotras.

Terminó de hablar y se quitó el sujetador. La gravedad pudo hacer muy poco contra sus dos abundantes tetas. Aquella mínima caída arrasó todo el pequeño atisbo de resistencia que me quedaba. Hiroshima y Nagasaki.

Conduje al día siguiente unos setecientos kilómetros hacia el norte. La carretera siempre fue para mi fuente de placer, de ira y odio, de alegría y también de calma. En las últimas semanas había descubierto un fetiche: buscaba carreteras de montaña por las que avanzar a una velocidad agradable para mí pero irritante para quien me siguiera, impidiéndole el adelantamiento a lo largo de decenas y decenas de curvas. Solo si mi desquiciada víctima retiraba su pie del acelerador y volvía con calma a una distancia de seguridad yo reducía velocidad para dejarlo pasar. Así ese día llegué a La Basílica de La Cumbre. No aparqué en la explanada habilitada para turistas –era sábado- sino que preferí hacerlo mucho más lejos y tener que “sufrir” un tranquilo paseo por montaña no asfaltada. La jornada no era fría en exceso, lo que me permitía continuar prestándoles atención a los pensamientos que me acompañaban desde la disertación de Ágata. Digo disertación porque ella jamás permitía que yo mediocrizara sus argumentos en una conversación. Lo poco que durante el camino saqué en claro fue que mi vecina de abajo no encajaría en ese nuevo mundo femenino que Ágata vaticinaba. Sería mi vecina, Carmen Ruedas, mantenida, adinerada y menopáusica, una bestia paleolítica en la nueva ciudadanía vaginal-moderna. Ella y otras muchas. Se abría un debate profundo: ¿qué hacer con las domesticadoras cuyos instintos fuesen no los propios sino los de las bestias? Atravesé un camino de piedra y barro e inicié la ascensión de unas escaleras horadadas en la roca once siglos atrás. El aire limpio me desgarraba el pecho. Me cruce con amenazadoras estatuas de héroes. Frente a la grandeza de una de ellas tuve una revelación. No sé si divina, pero al fin y al cabo revelación. Quien no la haya tenido jamás sabrá de lo que hablo. Media docena de turistas japoneses no perdieron la oportunidad y me remataron con los flashes de sus Canon y Nikon.

Tras otros setecientos kilómetros de vuelta, le conté a Ágata lo sucedido en las escaleras. Escuchó con gesto serio. Luego estuvo aproximadamente un minuto riéndose. Un “mi héroe” pícaro salió de su susurro en mi oreja. Le conté todo lo que había pensado sobre nuestra vecina, Carmen Ruedas, mantenida, adinerada, menopáusica, del partido conservador. Una bestia paleolítica en la nueva ciudadanía vaginal-moderna. Le produjeron tal fulgor interior mis reflexiones que se abalanzó sobre mí con tanta agresividad que temí la violación. Luego, desnudos, fumamos hachís toda la tarde. En silencio y a oscuras. Decidimos acabar con Carmen Rueda para siempre. Me vestí, bajé las escaleras, toqué en su puerta y le clavé 39 puñaladas en el corazón con una navaja de Albacete.

Después del juicio, nuestro abogado dijo que iba a pasar mucho tiempo a la sombra, pero me dio igual. Ágata me abrazó y me reveló que yo era el primer meteorito que desataría la extinción de los actuales dinosaurios. Me confesó que no me visitaría durante el primer año, porque podría ser desastroso para mi alma, pero prometió volver tras los primeros 365 días. Se mudó con Claudia, una amiga del trabajo, a Taipei.

Hoy hace dos años que estoy en prisión y no sé nada de ella.

 

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