Crónica carcelaria de la poeta muerta

Patricia Heras. Fuente de la imagen: Documental 4F

Patricia Heras.
Fuente de la imagen: Documental 4F

Por Alba Mareca.

Patricia Heras huyó de Madrid, ciudad en la que nació el 17 de octubre de 1974, cuando se impuso la Ley Seca en las calles, se cerraron numerosos bares y el precio de la vida se disparó. En Barcelona la esperaba una ciudad que acabaría por volverla loca.

“De mayor quiero ser la chica que le dé al botón de la incineradora en la funeraria, tener una tienda de cómics y hacer una tesis sobre ellos en la universidad, escribir novela social sucia, ver la aurora boreal –Islandia, ahhh!!!!-, escuchar a los delfines, hacer música tecno bajo el hielo de la Antártida, pegarme un revolcón en un iglú, seguir los pasos de las Valkirias, ir de mochilera por Indochina, aprender a tocar el piano…”

Patricia Heras

Patri fue poeta, escritora, violinista, filóloga, precaria, artista post-porno, activista queer, y, como ella misma se denominaba (entre otras muchas cosas), siniestra. Su relación con la muerte fue estrecha desde niña y en varias ocasiones intentó acabar con su vida.

“Una malsana nebulosa empaña mis recuerdos de aquella mi primera infancia, mi alma conturbada se retorcía perpleja ante la lisonjera hipocresía, la ambición devoradora de mis semejantes

Entre experimentos fallidos de egocidio, Patri batalló a diario en el seno de una familia de mentalidad rígida, franquista, que chocaba de lleno con su rebeldía innata.

“Y allí los dejé, viviendo según patrones de comportamiento aprehendidos sin cuestionar su certeza o imposición, y seguí mi camino bajo la Vía Láctea”

Pasó una época compartiendo piso con amigas en diferentes barrios de Madrid. Más tarde discurriría por Londres, Atenas y Berlín, hasta llegar a Barcelona, donde Diana, su primera novia, la acogió en su piso.

“¿Sobre qué se fundamenta el precepto básico que dicta que toda existencia tiene un fin y una misión?

A la mierda con todo, lo único que tengo claro es que todo ser humano necesita una desprogramación, desaprender lo aprendido y reeducarse. Otra utopía más. Vivo en mi propio sueño porque la realidad me espanta y me chilla cada vez que bajo de mi nube que todo es mentira, no quiero que me engulla la nada que amenazó con destruir Fantasía, la que intuyeron Matute o Laforet, la nada del automatismo ciego

El 4 de febrero de 2006

En un espontáneo homenaje a Cyndi Lauper, Patricia se corta el pelo a cuadros blancos y negros y se lanza a las calles de Barcelona junto con su amigo Alfredo. Tras el ritual de bares habitual, ambos acaban en una fiesta que se celebra en un pequeño estudio, a la que deciden poner fin a eso de las 6 y media de la mañana. A esa hora los dos se disponen a volver a casa en bici. Una caída les lleva en ambulancia hasta el Hospital del Mar, donde se encuentran con varios agentes de la Guàrdia Urbana y tres chicos detenidos y esposados. Acto seguido, uno de los urbanos registra a Patricia y la detiene tras leer los mensajes de su móvil. Es acusada de homicidio.

Horas antes, una fiesta en una casa okupada de Sant Pere Més Baix terminaba con un desalojo y una posterior batalla campal. En esta, un policía quedó gravemente herido tras recibir el impacto de una maceta que alguien tiró desde una de las ventanas de la casa. El agente no llevaba puesto el casco. A pie de calle, Rodrigo Lanza, Álex Cisternas y Juan Daniel Pintos, de origen latinoamericano, fueron detenidos arbitrariamente mientras cruzaban la calle y se les acusó de haber lanzado la maceta.

Los tres, junto a Patricia y Alfredo, fueron torturados y vejados por varios miembros de la Guàrdia Urbana.

Los órganos judiciales y, en concreto la juez de instrucción, Carmen García Martínez, desoyeron las pruebas que evidenciaban la inocencia de Patricia y el resto de detenidos, así como las declaraciones del personal de la ambulancia o los sospechosos cambios en la versión de los hechos por parte del alcalde de Barcelona, en aquellos momentos, Joan Clos.

Comenzaba así uno de los tantos casos de corrupción policial, jurídica y política. El más grave de los acontecidos en la ciudad de Barcelona en los últimos años.

 “Putas cárceles de papel”

“En esta insigne institución, reírse alegremente es un grave desacato no sólo a la autoridad, sino al espíritu de castigo, arrepentimiento y duelo, que conduce a la bien publicitada por todas las esquinas 

Reinserción, que tratan de imponernos.”

Tras meses encarcelada en la prisión de Wad Ras, Patricia se suicidó el 26 de abril de 2011 en una salida de la cárcel mientras cumplía un tercer grado. El libro Poeta Muerta, editado por Ediciones Capirote y financiado a través de una campaña de crowdfunding, construye su biografía a través de la recopilación de sus escritos: poemas, fragmentos de una vida y de un coqueteo con la muerte se mezclan entre las vivencias de una inocente en la cárcel. Esto último destapa los detalles de las torturas que sufrieron los detenidos del 4F, de las que Patri cuenta cómo la Guàrdia Urbana, los Mossos d’Esquadra y demás personal penitenciario les insultaron por su aspecto, les amenazaron y les agredieron físicamente. En el tono más jocoso que le permitían las circunstancias, la poeta difunta cuenta, además, algunas de sus anécdotas carcelarias y los encuentros con sus niñas dentro y fuera de los muros.

Y aunque de ella supimos, quienes no la conocimos personalmente, por su mala suerte un 4 de febrero, ahora podemos entrar en sus delirios más personales y en su libertad. Esta vez sin condiciones.

El 8 de junio de 2013 se okupa en Barcelona un antiguo cine abandonado que recibe el nombre de Cinema Patricia Heras para proyectar el documental 4F: ni oblit ni perdó.

“Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan.”

Miguel Hernández

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