Los otros días del “Ochobre”

Ana Pérez Martín

Una reseña de El Valle Negro de Alfonso Camín (1938)

Portada de El Valle Negro de Alfonso Camín en su edición de 1938

Portada de El Valle Negro de Alfonso Camín en su edición de 1938

Hace 80 años Asturias era el paisaje de una derrota. Alfonso Camín, asturiano de aldea, periodista buscador de poesía en todos los escenarios y migrante casi compulsivo, volvió a la patria días después de que la Revolución de Asturias de 1934 asumiera su fracaso. Quien ame su tierra como lo hace una persona asturiana podrá comprender cuál es la sensación al cruzar el Negrón y encontrarse con la fiera montaña; con la salvaje niebla; con el aire que devuelve los pulmones a la infancia.

Cualquiera que ame su tierra puede imaginar la sensación de volver y encontrársela en ruinas, el río Nalón teñido en sangre de paisanos y el cielo falto de lágrimas para tanto luto. “Como avanzamos nosotros, la niebla avanza al contrario. Viene hacia nosotros diciéndonos: Atrás. Paso cerrado. Parece que no desea que veamos tanto dolor más allá del Pajares”, así describe Camín los últimos kilómetros de su viaje en coche antes de entrar en tierra asturiana.

Alfonso Camín (a la derecha) junto al poeta Salvador Díaz Mirón. Autor: José Francisco Bellod Redondo

Alfonso Camín (a la derecha) junto al poeta Salvador Díaz Mirón. Autor: José Francisco Bellod Redondo

Alfonso Camín retrató en El Valle Negro los días posteriores al Ochobre asturiano, a la dinamita y los fusiles y los muertos en las cunetas. En su libro, que ha reeditado La Cruz de Grado con motivo del aniversario de la revolución, Camín trató de ser objetivo, buscó fuentes de un bando y de otro, recogió testimonios de los asesinatos de los mineros así como de los llevados a cabo por la Guardia Civil y por el Tercio. Pero le pudo la rabia y el dolor de la venganza. O quizá le cautivó –como ocurre a menudo– la fuerza con que sueñan los mineros… y afloraron sus convicciones socialistas.

Esta subjetividad, que pudiera ser una recriminación a la labor periodística de Camín, se puede mirar también como un ejercicio de sinceridad. Un acto de honestidad que nos descubre un relato centrado en la voz de los pueblos que fueron espectadores –inevitablemente activos-, de lo que el autor no duda en calificar de “tragedia”.

A lo largo de las páginas, Camín transita sentimientos que van desde la compasión hasta la rabia hacia quienes sobrevivieron. Desde el espanto por la violencia de las protestas, hasta la exaltación de los ideales revolucionarios. Una interesante crónica que refleja, en la propia carne del autor, la desazón y la impotencia que causa la antinatural lucha de clases.

Asturias vuela por los aires

El Turquesa era el barco destinado a llevar armas a los mineros que ya planeaban sublevarse. Pero fue detenido antes de llegar a su destino y parte de la munición y los fusiles requisados. Esto hizo, probablemente, más auténtica la lucha: los mineros convirtieron su herramienta de trabajo en su principal arma. Así, el sonido característico de la Revolución de Asturias fue el de las explosiones de dinamita.

Los mineros quisieron dinamitar al Capital. El enemigo, haciendo alarde una vez más del poder del dinero, contraatacó con bombardeos aéreos; dejando así claro desde qué altura luchaba cada bando. “No hay fin sin principio, aún dentro de la barbarie. El principio son los fusiles del Gobierno que tiran desde arriba. El fin, la dinamita de los mineros que hace explosión desde abajo, ladrándole a los fusiles”.  La descripción de la dinámica del combate. Una metáfora del conflicto.

Aquí está Oviedo con los pulmones rotos, señora de toda nobleza, espiritual y culta, flor de las buenas maneras, ensombrecida y triste, con la carne en guindajos, tatuada y sucia, como la mujer honesta que raptan una noche los berrendos y la dejan sangrando sobre el desierto, en la noche de los caminos.

Con estas palabras plasma Camín el estado de Oviedo después de la Revolución. El Palacio Episcopal voló con la dinamita, como lo hizo el edificio de la Audiencia y, probablemente lo más sobrecogedor, la Cámara Santa de la Catedral. También las bombas y las balas del ejército contribuyeron a la destrucción de la capital; el Teatro Campoamor fue la más sonada de las heridas arquitectónicas que dejaron.

Fernando Blanco -gobernador civil de Asturias cuando estalló la revolución- en una entrevista que recoge el libro se mostraba asombrado por los pocos destrozos que había causado la dinamita revolucionaria: “podría haberse cambiado totalmente la geografía de Asturias, convirtiendo en llanuras inmensas su extensión orográfica”.

Así quedó la universidad de Oviedo después de los enfrentamientos entre el ejército y los obreros asturianos

Así quedó la universidad de Oviedo después de los enfrentamientos entre el ejército y los obreros asturianos

Asturias roja… de sangre derramada

El paisaje asturiano sigue alardeando de sus montañas. Y la catedral de Oviedo luce orgullosa en su centro histórico. Los edificios se restauraron, pero no se puede hacer lo mismo con las personas. El número de muertes durante la Revolución de Asturias varía según las fuentes. Se calcula que entre 1.000 y 1.500 insurrectos perdieron la vida, y algo menos de 300 personas de la Guardia Civil y el ejército.

Los números pueden impresionar o no. Lo que no deja indiferente es la brutalidad de las matanzas y torturas que sufrieron los sublevados durante la represión. López Ochoa había pactado el 18 de octubre de 1934 con Belarmino Tomás una rendición aparentemente bastante “respetuosa” para los vencidos. Sin embargo, poco después de la entrada de las tropas del ejército en la cuenca minera, el general Yagüe, falangista y con unas ideas menos benevolentes, tomó el mando de la operación con el apoyo desde Madrid del general Franco.

Los mercenarios del Tercio Extranjero, militares traídos de África y conocidos por sus atrocidades, se encargaron de llevar a cabo la represión. Durante la rendición se pactó que estas fuerzas no entraran las primeras en la cuenca, y así fue. Pero poco después se convirtieron en las protagonistas y aplicaron sus propias reglas: “los jefes nos ordenan que acabemos con todos los que llevan fusila. Pero como todos negar que la llevan, y no nosotros perder tiempo, matar a todos sin ver fusila”.

Las páginas de El Valle Negro describen cómo los integrantes del Tercio y los Regulares no atendían a rendiciones ni guardaban dentro de sí una pizca de compasión. Llegaron con la idea de terminar con la revolución y los revolucionarios, y eso hicieron.

En un túnel del Ferrocarril Vasco-Asturiano se guarecen rebeldes y pacíficos. Los moros copan el túnel. No vale rendirse. No valen los brazos en alto. Los pasan a cuchillo contra las paredes del túnel.

No sólo fueron los muertos que dejaron, sino la cantidad de detenidos, que se estiman entre 15.000 y 30.000. “Los detenidos eran tantos, sin escoger en las primeras redadas, que para no asfixiarse sacaban sus cabezas, en busca de la luz y del aire, como el ganado en los trenes”. Y más que el número, a la población superviviente le impactaba el trato que recibían:

Si algunos presos logran comunicarse con sus familias, escriben con lápiz en los papeles de la comida: ‘Díganle a Fulano que no se presente. Y Zutano, tampoco. ¡Que no se entregue ninguno! ¡Que se peguen un tiro! Que todo es preferible a estos martirios. Ni esa caridad alcanzamos nosotros. No nos manden más pan. ¡Un arma! ¡Un arma sola, para quitarnos la vida!’.

Alfonso Camín también recoge la sensación de muchos de los soldados del gobierno al ver los muertos de la represión en las calles: “ningún soldado se alegra. Tienen los rostros serios, la mirada meditabunda sobre los cuerpos desperdigados”.

3.Grupo de presos políticos asturianos en una cárcel en Bilbao. 1934. Autoría: Autobús Memoria Digital. Encontrada en el sitio oficial del Gobierno del Principado de Asturias

Grupo de presos políticos asturianos en una cárcel en Bilbao. 1934. Autoría: Autobús Memoria Digital. Encontrada en el sitio oficial del Gobierno del Principado de Asturias

Los rencores nacen bajo la tierra

“También entre los mineros hay lobos”. Así explica Camín que los revolucionarios también le robaron la vida a varios centenares de personas. Muchos de ellos fueron caídos en combate, grupos de Guardias Civiles que trataron de evitar la toma de cuarteles por parte de los rebeldes. Personas que, por su valentía, se ganaron el respeto de los mineros.

Pero hubo otros cuya muerte provocó una sonrisa en la cara de los perpetradores. Un alivio, una revancha. La Revolución de Asturias fue un grito de rabia, una explosión de ira de quienes se jugaban la vida a diario en sus trabajos y sentían sus derechos vulnerados y sus voces silenciadas.

“Todo lo que sale de las cuevas viene envuelto en rencores: los lobos, los hombres y los torrentes”. El autor ilustra así ese sentimiento con el que, a su juicio, se movieron la dinamita y los fusiles de la Revolución. No faltaron quienes, instigados por la fuerza y la adrenalina de ver la luz al final de la mina, aprovecharon para saldar cuentas:

En Matallana los rebeldes mataron al cura párroco. El cura quería darles dinero. Pero lo rechazaron. Para los hombres de este ideario rebelde tiene poca importancia el dinero. Les importaba más el cura, que no bajaba a la mina.

Se ha estimado que una treintena de miembros del clero fueron asesinados durante la revolución. También mataron a empresarios y jefes, como ocurrió con el de la fábrica de explosivos La Manjoya, a quien los mineros achacaban la muerte de varios compañeros en la mina:

Los obreros, aparte de recordar a esta fábrica de explosivos como a un cementerio proletario, guardaban rencor al jefe. Uno de esos rencores soterrados que vienen siempre de una injusticia o de no poner a tiempo sobre un dolor un bálsamo y un vendaje.

Sin embargo, a pesar del odio reconocido que los obreros tenían al Capital y al Clero, muchos de los testigos, cuyos testimonios recoge Camín, pintaban a los mineros como personas honestas y compasivas. El cura ovetense Pepe Villanueva, quien según lo que difamaban los medios derechistas de la época había sido quemado vivo, declaró en una entrevista a Camín “viviré siempre agradecido”. Los rebeldes no sólo no lo mataron sino que lo protegieron. “¡Ojalá pudiera hacer algo por esos hombres!” se lamentaba mirando al lugar donde estaban apresados y sufriendo torturas.

“Las monjas no lo dicen. Pero es fama que, agradecidas por aquel buen trato, rezaron por los mineros”. Los sublevados, según la visión que Camín tuvo del conflicto, entendían el miedo de las personas del clero, que no tenían ninguna vinculación con la política, y las trataban con respeto. Una monja de las Carmelitas recordaba con Camín el trato de los mineros:

Sentíamos las balas en los tejados y en las paredes. Salimos en fila de dos en dos. Nos acompañaron hasta el nuevo refugio […] Nos señalaban el camino más seguro. Ellos, en cambio, iban por los lugares más peligrosos.

A lo largo de las páginas de El Valle Negro, Camín no puede ocultar su simpatía por los mineros. Registra los asesinatos que cometieron, pero les busca una justificación política, social e, incluso, emocional. Y, sobre todo, se encarga de recoger los testimonios que cuentan las bondades de los rebeldes y su humanidad, cómo durante el conflicto trataron de encargarse de que a la población civil no le faltara nada. Y cómo, incluso, se compadecieron de algunos guardias civiles a los que robaron la vida. Todo por un fin más importante que su propia existencia.

La Cruz de los Angeles y la tapa del Arca Santa. Algunas de las reliquias que se salvaron después de que los mineros dinamitaran la Catedral de Oviedo. Autor: Pelz. Encontrada en Flickr.

La Cruz de los Angeles y la tapa del Arca Santa. Algunas de las reliquias que se salvaron después de que los mineros dinamitaran la Catedral de Oviedo. Autor: Pelz. Encontrada en Flickr.

En el palco de la tragedia

El pueblo, ese para el que los mineros encendían sus mechas y a quien las fuerzas del orden se esforzaron en defender y mantener cohesionado. El pueblo, por el que se lucha y para el que se gobierna. Cientos de miles de personas asturianas que no fueron consultadas, ni por los que las querían salvar del Capital, ni por los que batallaban para defenderlas de los bárbaros.

“En vez de defendernos, nos asesinan. Que triunfen unos u otros. Pero que nos dejen en paz”. Gran parte de la población de Asturias se vio envuelta en una revuelta que no había pedido. Sus casas utilizadas como fortalezas, atravesadas por las balas, derrumbadas por la dinamita. Sus negocios convertidos en centros de abastecimiento de tropas de uno y otro bando.

Alfonso Camín dedica una buena parte de su libro a esta mayoría de la población que se convirtió en público de un espectáculo al que nadie le había preguntado si quería asistir. En el libro recoge sobre todo anécdotas de cómo el ejército, y no sólo los soldados africanos, acabó con la vida de personas inocentes. Los rebeldes, de acuerdo con las fuentes del autor, si lo hicieron fue por accidente:

[una bomba del gobierno] cayó frente al Ayuntamiento […] y mató a dieciocho personas pacíficas, que formaban cola buscando pan. Mataron mujeres y mataron niños. Y no se hable de equivocación. Porque antes tiraron otra granada, y al ver que no daba en el objetivo, repitieron la hazaña.

Parece poder leerse en El Valle Negro, que la población civil de Asturias pagó las consecuencias del levantamiento del “pueblo asturiano”, cuando quizá siquiera conocieran en qué consistía la lucha proletaria. “Más que a combatir con los mineros, se dedicaban a la caza de las personas civiles que, por una imperiosa necesidad –de agua, de pan, de luz-, atravesaban las aceras”.

Murieron personas inocentes. Pero un conflicto tan explosivo como fue el Ochobre no sólo deja cadáveres. Camín describía así la situación de Oviedo a su llegada: “Más que de los hombres, parece haber sufrido la furia de los temporales”. Y, como todos los temporales, la Revolución de Asturias y su represión dejaron a su paso una estela de pobreza, de decadencia y desazón:

 El hambre y la orfandad, además de la muerte, comienzan a andar del brazo. En las afueras de los cuarteles, los niños de los mineros comen las sobras de los soldados, como pequeños perros entre el rastrojo. Son los que no tienen padre o los que lo tienen lejos. En la prisión, en el monte o a grandes zancadas, en busca de la frontera, por las tierras de Jaca y de Extremadura.

¿Para qué sirvió la Revolución de Asturias? Parece que se pregunta Camín mientras observa su tierra envuelta en polvo y escombros. La Junta de Reparaciones se encargó de contestar la pregunta, devolviéndolo todo a su lugar:

Así como las gentes ricas de Oviedo y otras acomodadas de la provincia, cobraron el doble de lo perdido, los comerciantes aislados, los propietarios pequeños, los labradores cuyas casas vinieron abajo, ametralladas por los aviones, quedaron sin reparación de los daños y con un palmo de narices mirando hacia Oviedo.

Cada cual en su lugar. El Capital a continuar su conquista del cielo. Y los mineros a seguir cultivando sus rencores en la oscuridad de las profundidades de la mina.

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