Espacio Matrioska, o la alegría de ver a tus amigos convertirse en padres

Parece inverosímil que lo publique un medio de comunicación, pero vivimos rodeados de noticias alegres. Es cierto que su difusión es limitada. Limitadísima. En general, nos hemos muy mal acostumbrado a que los odios se griten y las alegrías se susurren. Que sí, que podría ser al revés. El punto esperanzador está en que el verbo poder es fuerte porque está cargado de potencial.

En el binomio nacimiento-muerte en el que se sujeta nuestra vida animal reside buena parte de la totalidad de los sucesos propiamente dichos del mundo. Darle un carácter más o menos positivo o negativo a cualquiera de las partes de esta balanza corresponde a las intenciones que cada individuo alberga dentro de sí. Para sí y/o para el colectivo.

Parece obvio, pero yo, para darme cuenta, tuve que desplazarme el pasado 29 de noviembre hasta una pequeña aldea gallega bautizada como Os Blancos. Allí presencié el placentero espectáculo de la vida matando a la muerte y de la muerte rindiéndose a la vida. Se inauguraba el Espacio Matrioska. Inaugurar significa dar principio, abrir, celebrar, iniciar algo nuevo. Una noticia nutriente, vamos.

Dos días después, a 407 kilómetros de ese lugar de cuyo nombre siempre me acordaré, desayunaba tirando de hemeroteca en mi portátil. Buscaba algo histórico que hubiese ocurrido allí. Algo famoso por lo que conocer la localidad. Si soy sincero, no encontré mucho, salvo que un error en el recuento de votos provocó que unos cuatrocientos vecinos tuvieran que votar dos veces (arrebatándole la alcaldía al PP) en las elecciones municipales del 2011. Esa noticia es bien. Luego me di de bruces con otro reportaje cuyo titular era, si no apocalíptico, para cortarse las venas: “Os Blancos tira la toalla: ‘Peor no se puede estar’”. Esa noticia es El Mal.

El léxico tiene bastante qué decir en cuanto a cómo se decide nuestro día a día. Describe una realidad pero también la crea. Si yo fuera uno de los vecinos de Os Blancos y me encontrara en el bar del pueblo, a las ocho de la mañana, tomando un café en mi barra de toda la vida, leyendo la citada crónica (de la cual sería uno de los protagonistas), me encontraría con este léxico: vencido, desesperanza, números rojos, quiebra, grilletes, derrota, abandono, silencio, bancarrota, paro, resignación… Mucha azúcar haría falta para que no se me amargase el café con semejantes palabras. El contrapunto está en que si yo fuera un camaleón y pudiese ponerme la piel de los mismos vecinos, en el mismo bar, a la misma hora, pero hoy, las palabras cambiarían radicalmente. Por aventurarme apuesto a que se parecerían a: juventud, carcajadas, vida, educación, música, colores, pinturas, belleza, rentabilidad, conciertos, libros, besos, bailes, arte, alegría.

A unos cincuenta metros de la barra del famoso bar, se levanta un edificio moderno y hasta septiembre abandonado que albergaba la primera lista de palabras y un sistema social muerto. Ese mismo edificio moderno, resucitado desde el pasado sábado, es ahora el espejo del segundo listado de términos (¡Aleluya!) y la prueba de que provocar el nacimiento de una sonrisa no es una tarea tan difícil. Quizás la clave para provocarla está en saber sostener, por nuestra parte, la cadencia del momento previo, justo cuando empezamos a doblar hacia arriba las comisuras de los labios. Por ejemplo, cuando se encuentra ese edificio muerto y se toca en la puerta de al lado para preguntar: ¿oye, está este sitio libre?

No es intrascendente la relación entre estados de ánimo y toma de espacios. No es lo mismo entrar en un sitio y saludar a no hacerlo. Existe una gran diferencia entre tender puentes, pedir las cosas por favor y convivir, a tomar por la fuerza y resistir. Da igual la justificación de esa resistencia. Para justificaciones estamos todos. La gran diferencia estriba en la feliz opción de poder tener la puerta y las ventanas abiertas, lo que a su vez significa que es posible respirar el aire de fuera y que los del otro lado del cristal inspiren también el tuyo. Palabras como sabotaje o resistencia legitiman, sí, pero solo si son apellidos del nombre construcción. Un buen candado en el portón para que no entre el gobierno municipal de turno es resistente, pero hacerles entender a los que trabajan en él que el candado se puede pintar, y se puede pintar abierto, es constructivo. Es deseable que cualquier espacio social o cultural asociativo busque su independencia de todo tipo de poderes fácticos, pero eso no es incompatible con el entendimiento. No es necesaria la búsqueda de más enemigos, al contrario. Si la autogestión es apetecible, también puede serlo pedir ayuda y devolverla.

Si nos lo planteamos sin prejuicios, es una forma de que vuelvan a nacer los espacios que otros han matado y devolverle a las generaciones anteriores el tesón invertido en mejorase (a mejorarnos, ¿tal vez?). La alternativa al “no nos vamos, nos echan”, es quedarnos. Quedarnos para tallar, para esculpir, para formar, para dibujar, para ilustrar, para pintar, para actuar, para tatuar, para componer, para cultivar. Para vivir. Tampoco deberíamos necesitar mucho más. Y todo esto, a lo mejor, se consigue mucho más rápido tendiendo la mano abierta que levantando el puño cerrado.

Pero estas son las dudas y reflexiones que siguen a cualquier nacimiento (y a cualquier muerte). A veces pueden empañar esa alegría efímera que precede a la felicidad, pero en otras ocasiones refuerzan la seguridad de que la bestia anterior ha muerto y que la criatura inocente que ha visto la luz ha venido para hacer el bien.

Si los vientos siguen soplando en la buena dirección en Os Blancos, tendremos una veleta a la que mirar para poder, cuanto menos, dudar de si no es posible que la Utopía Subterránea de Beaubourg no esté bajo tierra, sino en la superficie, con nosotros. Y de una vez por todas, las palabras de esa novela se griten y no se susurren:

Empezamos a recibir peticiones del tipo: ‘A mí y a mi troupe nos gustaría presentar un espectáculo en el centro y desearíamos saber cómo y en qué medida podréis ayudarnos financieramente’, o bien se trata de pintores a los que les gustaría exponer sus obras. A todos les contestamos lo mismo: ‘Venid, el espacio no cuesta nada. Venid y haced’”.

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